La frase recuerda que cada persona posee un centro afectivo o moral —lo que llamamos “corazón”— que le permite sentir amor, empatía, ternura y compasión. Ese corazón está ahí por naturaleza, es parte de nuestra humanidad y se manifiesta en nuestros impulsos de ayudar, de cuidar o de conmovernos ante el dolor ajeno.
Sin embargo, el hecho de tenerlo no garantiza que siempre lo escuchemos. A veces la razón fría, el miedo, el egoísmo o las presiones sociales nos llevan a actuar de modo contrario a lo que ese corazón sugiere. La frase subraya esta contradicción: podemos ignorar nuestros mejores sentimientos y, pese a ello, seguir llevándolos dentro. Nos invita a recordar que, aunque nos apartemos de sus dictados, esa brújula interna sigue allí y podemos volver a ella cuando decidamos atenderla.
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Bertrand Russell 1872-1970. Bertrand Arthur William Russell. Filósofo, matemático y escritor británico. Premio Nobel en Literatura en 1950.