La frase señala dos ideas distintas. Primero, destaca que hacer el mal nunca tiene justificación: la maldad no se puede perdonar ni excusar con argumentos ni circunstancias. Sin importar las razones, actuar de forma dañina sigue siendo incorrecto y moralmente reprobable.
La segunda parte introduce un matiz: reconocer honestamente la propia maldad posee cierto valor. Quien acepta que sus actos son malos demuestra lucidez y sinceridad, cualidades que abren la puerta al remordimiento y al cambio. En cambio, quien se engaña creyéndose bueno mientras actúa con crueldad permanece ciego ante sus fallos y tiene menos posibilidades de corregirse. Por eso, aunque la maldad siga siendo imperdonable, la autoconciencia acerca de ella es un primer paso hacia la responsabilidad y la mejora personal.
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Francisco de Quevedo 1580-1645. Francisco de Quevedo y Villengas. Escritor español.