La frase juega con la idea de que las cosas prohibidas suelen parecernos más atractivas. Beber agua, algo cotidiano y moralmente neutro, se vuelve “aburrido” precisamente porque no conlleva culpa ni censura. Al decir “¡Qué pena que beber agua no sea un pecado!”, el hablante lamenta, en tono irónico, que carezca de ese toque de transgresión que suele añadir emoción y placer a muchas conductas.
Cuando remata con “¡Qué bien sabría entonces!”, sugiere que el sabor del agua ‒o de cualquier cosa permitida‒ mejoraría si estuviera rodeado del misterio y la adrenalina de lo prohibido. En el fondo, la frase señala una característica humana: el deseo se intensifica cuando hay límites o riesgo. Por eso, lo que no es pecado puede parecernos menos tentador, mientras que lo censurado se vuelve irresistiblemente apetecible.
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Francisco de Quevedo 1580-1645. Francisco de Quevedo y Villengas. Escritor español.