La frase apunta a una división tradicional de roles dentro de muchas culturas: los hombres se reservan la autoridad simbólica de “hablar por Dios”, es decir, de ocupar los puestos de poder que dictan dogmas, interpretan textos sagrados y toman decisiones sobre la comunidad. En cambio, a las mujeres se les asigna la esfera práctica y cotidiana: asistir a ceremonias, transmitir la fe a los hijos, cuidar los rituales y actuar como guardianas de la moral doméstica. El enunciado subraya así una jerarquía sexista: Dios, como concepto supremo y fuente de poder, queda en manos masculinas, mientras la vivencia diaria de la religión —menos reconocida socialmente— recae en las mujeres.
Al mismo tiempo, la frase puede leerse como una crítica a esa distribución: muestra cómo las estructuras patriarcales separan la teoría de la práctica y otorgan prestigio solo a la primera. Con ello se invisibiliza la contribución femenina y se refuerza la idea de que el liderazgo religioso “naturalmente” corresponde a los hombres. En contextos modernos, resignificar o cuestionar este dicho implica reconocer esa desigualdad histórica y promover espacios donde ambos géneros participen por igual, tanto en la reflexión teológica como en la vivencia religiosa.
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Benjamin Franklin 1706-1790. Estadista y científico estadounidense.