La expresión dice, con un tono algo crudo, que una vez que alguien muere (“el muerto al hoyo”), lo único que queda por hacer es enterrarlo; la vida de los demás continúa y cada quien vuelve a sus ocupaciones y placeres (“el vivo al bollo”, un bollo dulce o pan que se disfruta). En esencia, subraya la inevitabilidad de la muerte y la rapidez con la que el mundo sigue su curso: los vivos deben seguir alimentándose, trabajando y disfrutando a pesar de la pérdida.
También puede interpretarse como un recordatorio de que la existencia es breve y conviene aprovecharla mientras se tiene; quien todavía vive tiene el deber, o el derecho, de cuidarse y buscar su bienestar. No implica necesariamente falta de respeto hacia el difunto, sino una constatación práctica y algo fatalista de que, por muy duro que sea, la vida no se detiene y cada uno debe seguir adelante.
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Bertrand Russell 1872-1970. Bertrand Arthur William Russell. Filósofo, matemático y escritor británico. Premio Nobel en Literatura en 1950.