La frase subraya la importancia de controlar nuestras palabras cuando estamos enfadados. En medio de la ira podemos soltar comentarios hirientes que salen sin filtro, pero una vez dichos ya no se pueden retirar: dejan huellas en la otra persona y en la relación. Contenernos en ese instante, respirar o guardar silencio requiere un pequeño esfuerzo inmediato, pero evita consecuencias mayores.
Si hablamos bajo el impulso del enojo, luego tendremos que pedir perdón y reparar el daño. Ofrecer disculpas suele ser incómodo, a veces no basta para sanar y puede que la otra persona no quiera aceptar la disculpa. Por eso el mensaje es claro: resulta mucho menos costoso regularnos a tiempo que enfrentarnos después a las consecuencias emocionales y al trabajo de reconstruir la confianza.
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"No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir."
Diego de Saavedra Fajardo 1584-1648. Diplomático y escritor español.