La frase sugiere que la muerte suele aumentar el reconocimiento de una persona. Cuando alguien muere, ya no representa una competencia directa para los demás; por eso, sus logros y cualidades se valoran sin el filtro de rivalidades presentes. Al no poder seguir acumulando éxitos ni eclipsar a otros, su figura se vuelve más fácil de admirar y, con ello, se le abren las puertas de la fama póstuma.
Al mismo tiempo, la envidia que pudiera existir en vida se extingue, pues el motivo de la comparación o el sentimiento de amenaza desaparece. Sin el sujeto vivo que despierte celos, esos sentimientos pierden fuerza y se cierran los motivos para envidiarlo. Así, la muerte funciona simbólicamente como un umbral: de un lado se queda la admiración, del otro se queda la envidia.
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"No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir."
Diego de Saavedra Fajardo 1584-1648. Diplomático y escritor español.