La frase señala una paradoja del orgullo masculino. Dice que hay hombres que pueden admitir sus propias burlas o engaños a una mujer, pero luego les resulta casi imperdonable que esa mujer logre recomponerse y seguir adelante sin ellos. Es decir, lo que más les molesta no es el daño que causaron, sino que la víctima recupere la alegría o la dignidad y demuestre que no los necesita.
En el fondo habla de una herida al ego: estos hombres se sentían importantes porque pensaban que su burla dejaría a la mujer abatida o anclada al dolor. Cuando ella se consuela, les arrebata ese supuesto poder y les recuerda que no son indispensables. Por eso, paradójicamente, lo que más difícilmente perdonan no es la falta cometida por ellos, sino la capacidad de la otra persona para superar esa falta.
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"No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir."
Diego de Saavedra Fajardo 1584-1648. Diplomático y escritor español.