La frase muestra una mezcla de alivio y sobresalto moral. El hablante admite que la persona fallecida le resultaba molesta o poco grata; sin embargo, en el momento de enterarse de su muerte se da cuenta de que su deseo era mucho más modesto: solo quería no tener que tratar con ella, no que desapareciera para siempre. El contraste pone de relieve la distancia entre un fastidio cotidiano y la contundencia irreversible de la muerte.
Al mismo tiempo revela la rapidez con la que podemos pasar del desagrado a la culpa. Basta la noticia del fallecimiento para que el narrador se pregunte si, de algún modo, su antipatía tuvo algo de cruel. En el fondo, la frase subraya que desear menos contacto con alguien es humano, pero la muerte introduce una dimensión extrema que ninguno de nuestros pequeños enfados buscaba.
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"No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir."
Diego de Saavedra Fajardo 1584-1648. Diplomático y escritor español.