La frase juega con los dobles sentidos de “objeto/objetivo” y “sujeto/subjetivo”. Dice, en esencia, que si la persona fuera un “objeto” —algo que se observa desde fuera, sin voluntad ni emociones— entonces su mirada sobre el mundo sería “objetiva”, es decir, neutral e imparcial. Pero como no es un objeto sino un “sujeto”, un ser viviente con conciencia, deseos, historia y perspectiva propia, su forma de ver las cosas se vuelve “subjetiva”.
Al mismo tiempo alude a una cuestión filosófica más profunda: ser sujeto implica libertad y responsabilidad, pero también limitaciones. Todo lo que conoce, siente o piensa pasa por su propio filtro interno; no puede desprenderse por completo de sus experiencias y valores. Así, la frase expresa la imposibilidad de alcanzar una “pura objetividad” cuando se es un ser humano, recordando que nuestra condición de sujetos nos aleja, inevitablemente, de la mirada fría e indiferente de un objeto.
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"No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir."
Diego de Saavedra Fajardo 1584-1648. Diplomático y escritor español.